10 noviembre, 2006



¿Quién va al colegio, los niños o yo?
(Nota. Este blog lo tengo escrito hace tiempo como verán, pero no he tenido el minuto para publicarlo. Ahora sí. Estamos en noviembre y se viene el fin de año con características similares a las de la historia que leerán a continuación.)
Que los niños vayan al colegio es un derecho y una obligación para ellos ¿cierto?. Pero lo que para los padres es una chochera absoluta, termina convirtiéndose a veces en un trabajo casi más arduo que el que teníamos cuando nosotros íbamos al colegio. Ahora mi vida es una constante alerta y preocupación para cubrir todos los frentes en los cuales me desenvuelvo. Primero y sin seguir un orden de prioridades, está el trabajo. Luego la casa, que esté bien aprovisionada, hacer la compra una vez al mes además de las verduras y frutas todos los domingo (en la feria más encima), que esté ordenada, cosa que me cuesta terriblemente. Después, los niños, que estén sanos, que tengan ropa, que tengan donde jugar, que no vean mucha tele, que se alimenten bien, que no coman mucha chatarra etcétera. A eso, hay que sumarle los compromisos sociales que ya tienen estos pirigüines que son básicamente los cumpleaños y las convidadas a otras casas. En el caso de los cumpleaños, de verdad que me encantaría ser “matea” y tener varios regalos, ya envueltos y para cada género guardados en un closet, pero por supuesto que no los tengo por lo tanto termino a última hora comprándolos. Y con los niños no se puede decir “te lo llevo el lunes” o “te lo quedo debiendo”. Este viernes Laura tiene un cumpleaños y Benito el sábado, espero comprarlos hoy y con calma (obviamente y ahora que vuelvo a leer esto, los compré a última hora y corriendo a 120 km/h). Las convidadas a otras casas o que los niños vayan a la mía ya se ha hecho parte de la rutina también, entonces hay que apretar la agenda para ir a dejarlos o a buscarlos. Laura tuvo su primera invitación (se invitó sola en realidad) el viernes pasado. Corrí como loca por una serie de descoordinaciones largas de detallar, el tema es que mientras Benito en una casa y Laura en otra, yo fui al supermercado. Igual fue raro saber que cada uno estaba en lugares distintos. ¡Están tan grandes!.
Bueno pero me desvié un poco del tema porque en realidad para qué decir el colegio todo el trabajo que me da. Lo que es una chochera total y con lo que los niños lo pasan increíble, para mí es un correr para arriba y para abajo. La fiesta del “18” fue todo un evento. Disfraces para Benito y Laura, los que me preocupé de mandar a hacer y comprar con tiempo pero por supuesto que a última hora surgió algo que terminó por estresarme. Benito dos días antes de la fiesta se enfermó y no supe si iría o no, por lo que terminé comprándole un pantalón de huaso la noche anterior cuando lo vi muy animado. Al llegar a la casa me acordé ¡de la colación de Benito! Resulta que había que mandar algo chileno y a la sala de Benito le tocó la zona central: pastel de choclo, empanadas, pan amasado. Partí de vuelta al supermercado y compré dos potes de pastel de choclo para no ser tan fome y llegar con pan. Vuelta a la casa a terminar el disfraz de la Laura (que nos quedó súper lindo) pero lo terminamos tipo 11 pm. A la mañana siguiente Benito estaba de lo más dicharachero y la Laura igual así que me costó un mundo vestirlos (con el disfraz). Llegué al colegio y los niños súper revolucionados, yo como loca con los pasteles de choclo y con la Laura de la mano. Las tías me dicen ¿cómo estás?! Y yo uf!!! Y me dicen por qué tanto… yo bueno, no sé tanta cosa… Ellas heroicas en realidad teniendo que coordinar todas las colaciones, los niños, los gritos… En fin de ahí a la pega y después cuete al jardín al acto de la Laura, exquisita deliciosa ella. Vuelta a la pega. Fin del “18”, vacaciones para los niños pero gracias porque también para mí.No contentos con tanta celebración, ahora están en la “Semana del colegio” así que actividades varias. Laura hoy tenía que llevar una “foto entretenida” de la familia. Por supuesto que nos sacamos la foto ayer en la noche y llegué a Kodak un minuto antes de que cerraran para imprimirla. La terminamos y quedó bastante entretenida así que hoy Laura se fue feliz con su foto, es más, se despertó y bajó con la foto. Por mientras Benito cuidaba a “Chocolate”, una mascota de peluche que tienen en su sala y que es parte del programa “Ser Humano” (una cuestion nueva, creada en Argentina y que el colegio adaptó, la idea es que aprendar a ser niños buenos, sanos y entregados a los demás). Los niños lo quieren mucho y que visite nuestra casa es todo un acontecimiento, así que mientras inventábamos la foto, había que darle comida a “Chocolate”, ponerle el pijama y sacarle fotos también para luego ponerlas en una especie de bitácora que llevan en la sala con todas las casas que ha visitado. Benito está feliz, así que hay que ponerle color, hacerle cariño a “Chocolate”, acostarlo etc, como si fuera un hijo más y si uno no le presta la atención debida, Benito se encarga de hacerte sentir muy mal. Hoy dejamos a “Chocolate” en casa y al llegar al colegio Benito le contó inmediatamente a la tía que “Chocolate” había tomado la leche y había comido tallarines. Estaba tan contento y la Laura creo que se sentía orgullosa de su foto que en realidad, todo el esfuerzo vale la pena pero por favor!! Alguna tarea más….¿¿¿¿????

12 septiembre, 2006


A veces pestañeo y así, literalmente me doy cuenta que en un abrir y cerrar de ojos mis niños preciosos dejaron de ser mis bebés. A la Laura le encanta hacerse la guagua y es tan divertida como lo hace, imposible de describir pero trataré. Hace como que llora diciendo “ayeye ayeye” mientras mueve las piernas y se refriega los ojos. Yo hago como que la calmo y le digo ya “tuto tuto” y se hace la dormida. Jajaja a veces le digo que juguemos a eso cuando quiero que se quede quieta un rato y ¡me resulta! Benito ayer en la tarde quiso jugar también y les encanta. No hay nada que les fascine más que ese juego. Claro que Benito está demasiado grande. Ayer lo tomé en brazos y lo hice dormir como guagua. Su cabeza me ocupaba todo el brazo y tan solo lograba acunarlo hasta la espalda. Cerró los ojos un buen rato (mientras la Laura al lado estaba “ayeye ayeye”) y lo contemplé. Está tan grande!! Y hace nada de tiempo, pero nada, era una guagua tan chica. Ahora entiendo perfecto a las señoras que dicen “uy pero si te conocí de guagua y mira como estás”. Es más, me he visto diciéndoselo a varios niños, es que es inevitable, más que la sorpresa de cuan grande está el niño, es cuán grandes estamos nosotros!!!
Creo que Benito y Laura ya sienten el paso del tiempo. Quieren ser guaguas otra vez pero también quieren ser grandes. En estos días me he preocupado de dejar mi cansancio mental y físico de lado y observar cómo son estas guaguas que antes estaban en mis brazos y que ahora casi sin darme cuenta son todas unas personalidades. Me he dado cuenta que Benito no es que quiera llevarme la contra siempre sino que dice de verdad lo que quiere y lo que no. Ayer por ejemplo le pregunté cómo había estado el taller de polideportivo y me dijo “súper mal” porque el Santi no sé que cosa… después le pregunté “y qué tal tus zapatillas nuevas” y me dijo “más o menos porque no tienen mucha potencia”. Bueno le dije, la potencia la tienes que tener tú no las zapatillas y para eso tienes que practicar. Y ahí me veo dando consejos y palabras tan típicas de los “grandes”. Al rato le pregunté “y, Benito, cómo estuvo el almuerzo” porque los lunes le mando almuerzo de la casa y esta vez iba un sándwich que el quería en pan de hot dog pero cuando fui a comprarlo no había así que le mandé de hamburguesa (cosa que tuve que informarle en el auto camino al colegio sino se iba a llevar una desilusión muy grande), bueno la cosa es que me contestó “¡exquisito!” y fue como ohh Benito que rico o sea que no todo fue tan malo!!! La Laura por mientras y en medio de estas conversaciones, mete su cuchara y opina y pregunta porqué Benito, porqué no tenían potencia las zapatillas y porqué y porqué…. Ahora la Laura, seca para el ballet, para ponerse zapatitos de cristal, dar giros y mirarse al espejo.
A todo esto… ¿en qué minuto me convertí yo en grande?

10 septiembre, 2006

Domingo dominical
Hace tiempo que no venía a almorzar donde mi mamá. Está nublado y algo gris, pero muy agradable. Qué domingo más dominical, le comenté a la Paly cuando recién nos sentamos a la mesa y me dijo porqué, con cara de no entenderme mucho. No sé, le dije, esta foto, el paisaje, siempre igual, todo quieto, los árboles, el yinko con algo de verde recién asomándose, los pinos inmensos, el pasto medio amarillo, medio verde, la piscina verde (cosa que le llamó profundamente la atención a Laura), en fin... no sé, seguí diciéndole. Se produjo un silencio, durante el cual pude darme cuenta de que era una sensación muy agradable y que me gustaba el día tal cual estaba, con sus matices de gris y calor de estufa. Al contrario de cuando estaba en el colegio, que un domingo así era fatal, era un Fomingo con todas sus letras y más aún al saber que al día siguiente había clases. Qué bueno que ahora mis lunes no me causan mayor molestia. Sólo me gustaría poder descansar... bastante... pero me entusiasma saber que esta semana es la previa al 18 y que el viernes Laura tendrá su primer acto en el jardín donde bailará la tirana. El miércoles tengo que ir a buscar el disfraz (una falda y capa de raso amarillas) y tengo dos días para pegar las lentejuelas en la capa. Me gusta pensar que vienen cuatro días de "descanso" (ya saben porqué las comillas) y que Benito debe ir de huaso elegante, aunque a él no lo veremos en un acto (está grande ya), tengo esta semana para pasar a Patronato y comprar el traje (que seguro compraré el mismo jueves en la tarde, toda apurada y estresándome porque lógico a esas alturas ya no habrá por ninguna parte). Bueno en fin, ya me desvié del tema. El punto es que me gusta este domingo, ver que todo sigue en su sitio y que hay ciertos rincones que en mi mente nunca se cerrarán y a la vez, le estoy abriendo a mis hijos los rincones que en el futuro armarán las piezas de sus propios fomingos. Sin duda que a los treinta y tantos, los domingos dejan de ser un día gris y fome, al menos para mí... ¿qué suerte no?